Cada día recibo mensajes de emprendedores que me cuentan sus proyectos. Muchos de ellos empiezan diciendo: «Estoy montando una startup de…» y después me explican un negocio de servicios profesionales, una consultoría especializada, o una tienda online con un modelo perfectamente rentable desde el primer día. Les escucho con atención y, al final de la conversación, muchas veces tengo que decirles algo que no esperan escuchar: «Esto que me cuentas no es una startup. Y eso, lejos de ser un problema, puede ser tu mayor ventaja.»
En los últimos años hemos asistido a una glorificación del término «startup» que ha distorsionado completamente su significado. Parece que si abres una panadería y usas Instagram, ya tienes una startup. Si ofreces servicios de consultoría pero trabajas desde un coworking con mesa de ping-pong, eres una startup. Esta confusión no es solo semántica: tiene consecuencias graves para el futuro de muchos proyectos empresariales.







